Este año la Semana Santa nos pilla confinados. Ni nos imaginábamos esta situación ni la olvidaremos. A pesar de estar mucho tiempo en casa, de tener menos obligaciones hacia el exterior, de tener más predisposición a la oración individual y en familia, no resulta fácil meditar la Pasión del Señor.

Nos acordamos de tantos enfermos, de tantísimos fallecidos, de la soledad que han padecido, de las familias que no han podido dar un beso de despedida a los suyos, ni llorar juntos, ni rezar juntos ¡Qué doloroso y que cruel! ¡Qué cruz!, podemos decir.

Pero es en esta Cruz misma, que hoy se nos revela en el Evangelio y en la vida, donde se manifiesta Jesucristo, nuestro hermano y Señor. Si a nuestro corazón le cuesta aceptar la Cruz, podemos mirar a los santos, nuestros hermanos mayores en la fe. San Francisco llevó en su cuerpo los estigmas de la crucifixión: tal era su amor y su deseo de parecerse a su Señor, que fue regalado con estas heridas. Y otro santo grande, San Luis Mª Grignon, tras una semana de ejercicios espirituales, en una situación de persecución, escribe un pequeño texto: “Carta circular a los Amigos de la Cruz”.

Estos “amigos” eran una especie de hermandad cuya finalidad era vivir en conformidad con el Evangelio. Amigos de la Cruz, discípulos de un crucificado, eso deberíamos ser nosotros. Pero ¿quién de nosotros es realmente “amigo” de la Cruz? ¿Quién te quiere imitar Jesús, solo y desvalido, sin emitir protestas? ¿Quién puede decir con honestidad, en lo más crudo del dolor: “Padre mío, que no se haga mi voluntad sino la tuya”, o bien “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu Palabra”? 

La lectura de Isaías nos enseña que el Señor nos ha dado una lengua de discípulo, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Es muy oportuno en estos tiempos desolados, en que algunos dolientes hacer suyo el grito de Jesús: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Vivimos una situación de gran prueba, que puede ser personal, familiar, social. Esta cruz que llevamos, o arrastramos, Señor, es dura y pesada. Tú ya la has llevado por nosotros Jesús, ahora déjanos ser un poquito cireneos, queremos también aliviarte mínimamente y acompañarte. ¡Gracias por dejarnos ser tus amigos!

Caminantes.

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