Este domingo celebramos un día dedicado a la Trinidad. Nos lo contaban como un misterio insondable, y seguro lo es. Pero las lecturas nos hacen guiños, para que podamos adentrarnos un poco en esta realidad maravillosa.

Quieren las lecturas hacernos un pequeño retrato de las Personas que la componen. En el Éxodo nos quedamos perplejos. No es Moisés, quien lleno de santo temor toma la iniciativa. Si nos fijamos bien, es Dios mismo quien decide hacerse el encontradizo, baja de la nube y se queda con él. Y es Dios mismo quien pronuncia unas palabras que de alguna manera le definen: compasivo, misericordioso, lento a la ira, y se nombra  Señor.  Al bueno de Moisés solo le queda la adoración, cae al suelo y  suplica el perdón. Ya sabemos que a Dios Padre le gusta la compañía de los hombres y mujeres, que se acerca y se acercará para ofrecer su perdón, su compasión.

De Jesucristo habla el Evangelio, como no puede ser de otra forma: es el Unigénito. Pero es dado al mundo como Amor, como entrega, para nuestra salvación. Es un regalo que nos hace el Padre por amor. Y la finalidad es la Vida. Ya sabemos algo más de la Trinidad: El Amor, que está unido a la entrega de lo que más se quiere. 

Nos queda la Tercera Persona: esta vez nos habla muy sucintamente en la segunda lectura: todos podemos decir la frase: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con vosotros”. Es la comunión, la unidad, la energía que fluye hacia la Iglesia para siempre. Es la eternidad.

¿Qué ideas nos queda ahora de la Trinidad? Nos remitimos a un santo un poco fuera del conocimiento común, pero grandísimo: San Hilario de Poitiers: “ Haz Señor que me mantenga siempre fiel ….cuando fui bautizado en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Que te adore, Padre nuestro, y junto a ti a tu Hijo; que se merecedor de tu Espíritu Santo, que procede de ti a través de tu Unigénito… Amén” ( DeTrinitate, 12, 57)

Caminantes

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