Está terminando el Adviento, y hacemos un repaso de estos cuatro domingos: el primero nos anima a estar despiertos y vigilantes. El segundo pone la mirada en María Inmaculada, la que se fio de Dios tras el mensaje del arcángel Gabriel. El domingo pasado hablábamos de Juan el Bautista, el mayor profeta, oscurecido en la cárcel y a quien el mismo Jesús le envía un mensaje. Este domingo el papel llamativo (el principal siempre es Jesucristo) lo tiene el buen José. Hay tres cosas que nos han llamado la atención:

1. Era justo y discreto. Ciertamente no era el padre de Jesús. Su primera intención era bondadosa, de clemencia con María. Eso es ser justo de Dios. La clemencia y la bondad. ¿Entendemos así la justicia entre nosotros? No. Más como compensación. La sociedad se tiene que organizar de alguna manera, pero el atributo de Justo de Dios es otra cosa. De la discreción, hay mucho que aprender en las parroquias.

2. Tenía sueños. El caso es que sus sueños son colonizados por el Ángel del Señor y su vida da un vuelco. Tiene que adoptar a un niño, ponerle un nombre ante la sociedad, proteger a la madre y entregarles su vida sencilla. Cuando nuestros pensamientos se llenan de Dios Padre, de Jesús, del Espíritu, resulta que nos visitan en la noche. Testimonios hay en la Escritura: José el patriarca, Jacob con su escala, Samuel el profeta, Salomón. Pero nos preguntamos, ¿soñamos con Jesús? ¿Tenemos un deseo para la Iglesia, una visión, una esperanza, un sueño? ¿Qué soñamos nosotros?

3. Es obediente. No piensa que lo que ha sentido en su descanso era una fantasía y continúa con sus planes iniciales. Acoge a su mujer. Seguro que hasta fue objeto de rumores. Pero su bondad, que le ha hecho escuchar al Ángel y proteger a María está por encima de cotilleos.

Ha resonado más fuerte la voz de Pablo: …” para suscitar la obediencia de la fe entre todos los gentiles…”

Hoy nos ponemos en la intercesión de San José: guarda a María, a Jesús, a la Iglesia.

Caminantes.

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