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Todos de nuevo reunidos, en torno a unas velas y la Palabra de Dios. Esta vez, por la emoción de la Pascua, por tener aún vivo en la memoria los cantos, el rezo del Gloria y del Aleluya, las lecturas son como un acorde armonioso, formado por muchas notas.

Lo que domina es el Amor: Jesús no desprecia a Pedro, a pesar de la bajeza de su traición. Es amado y perdonado, y además le confía la naciente Iglesia. Pedro salta de la barca corriendo cuando descubre a su Señor, no se lo piensa. Tampoco le dan muchas vueltas a la prohibición de las autoridades judías para no predicar el nombre de Jesús. Resuena también la reciente matanza de cristianos en Asia. Y nosotros nos quejamos…Conocer a Jesús, experimentar su mirada amorosa y compasiva gritar tan enorme noticia. Vivir la Resurrección es el inicio de la misión. ¿Señor, qué misión tienes para cada uno de nosotros?

La segunda lectura es el reconocimiento de Jesucristo, del Cordero Inocente degollado. Nos acordamos de esta oración que todas las Eucaristías repetimos: Cordero de Dios, que quitas el pecado… Ahora, cuando lo repitamos, vamos a detenernos un poquito más, aunque igual hay que postrarse como los Ancianos…

Resulta misterioso el hecho de que los apóstoles no reconocían en una primera mirada a Jesús. Es Juan quien lo hace. Igual es porque es el que estaba más cerca de María. ¡Sí, madre, queremos estar a tu lado, porque tú nos preparas para encontrar a tu Hijo!

La experiencia de la Resurrección no elimina nuestras dificultades diarias pero nos abre al agradecimiento: los apóstoles por la enorme pesca, nosotros por los milagros de cada día. Nos damos cuenta de que hay que dar gracias al menos por una persona o por una cosa todos los días. Aunque sea pequeña. Porque Jesús nos da su vida como regalo cada día y cada noche. Estar con Él es un premio inmerecido para nosotros que somos auténticos “pedros” temerosos y vacilantes. Este va a ser nuestro propósito esta semana. Dar gracias.

Caminantes.

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