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Esta pregunta ha surgido durante la reflexión de esta lectura. Seguramente no escribía nada, solo dibujaba distraídamente, esperando la embestida de los liantes. Porque no se nos olvide, en esta escena se nos informa de que lo que buscaban aquellos hombres no era justicia, era hacer caer a Jesús en la trampa. A nosotros también el mundo actual nos tiende trampas, sobre todo en el terreno de la moral, como es este caso: que si adulterio, que si no… este es un problema secundario, sin ser por ello poco importante.

La enjundia está en la Justicia. La Justicia es como el otro apellido de Dios Padre. Tiene un apellido compuesto: Misericordia-Justicia. En la parábola del Padre Bueno del domingo pasado se acentúa el primero y hoy el segundo. En la Segunda lectura Pablo hace una referencia explícita: “la que viene de la fe de Cristo, la que viene de Dios y se apoya en la fe”.

Esta Justicia que viene de Cristo está hecha de paciencia y mansedumbre, no de impulsos irreflexivos. Por eso Jesús está pintando en el suelo, sin precipitación. Está construida con equilibrio: no puede condenarse con la muerte, que es irreversible, es un pecado importante pero que admite la rectificación. No puede estar ocultada por la hipocresía, sino llena de la limpieza de corazón, por eso se van todos los acusadores.

Pero sobre todo, y como no puede ser de otra manera, está fundamentada en el Amor. ¿Qué amor? ¿Acaso se justifica el mal? Él no nos acusa con un dedo rígido. La acusación ha nacido en el mismo corazón de aquella mujer. “No te condeno, pero no peques más” Casi como un ruego…” no peques más”.

Hay un pequeño detalle que nos llama la atención. La mujer pronuncia dos palabras. Una de ellas se refiere a Jesús: SEÑOR. Ella, la pecadora, la que está a punto de ser lapidada, al ser rescatada, reconoce en sus palabras a quien la ha salvado. Ella lo vio como el Señor de la Vida.

Objetivo de esta semana: ¿cómo juzgo las situaciones de la vida? ¡Señor, enséñanos tu Justicia!

 

Caminantes.

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