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Van cumpliéndose las semanas de la Cuaresma, cada domingo es como un talento de los de la parábola, y hay que hacerlo fructificar, como decíamos de la higuera la semana pasada.

Y este domingo el regalo es mayúsculo, porque el Evangelio es un regalo. Muchos nos sabemos bien esta historia del Hijo pródigo que decíamos antes, o del Padre bueno que decimos ahora. Nos toca afinar en los detalles, para un único fin: meditarla, orar, cambiar nuestro corazón y nuestras obras.

El hijo pequeño pide al padre “su parte”. Quiere que le den lo que le correspondería cuando su padre muriese. Trata a su padre como un muerto en vida. Y ese “muerto viviente” se lo da. El hijo mayor no sale en su defensa en ese momento: si las cosas vienen mal dadas, su padre puede necesitar todos sus bienes, cuando ya sea viejo y no pueda trabajar. Pero no nos dicen nada. Calló. Lo que pasa después lo sabemos El hijo mayor siente envidia de la generosidad del padre hacia su hermano. La envidia ciega el alma, no le deja disfrutar de lo que ha tenido y tiene, la presencia y el amor de su padre. ¡Qué duro es para los padres ver a sus hijos enfrentados!

Ese padre que desde principio a fin está siendo herido, que sufre el desamor de quienes más ama, ese padre que con ninguno de sus hijos tira la toalla, o le abraza o le habla con ternura, ese padre siempre esperando confiado en la vuelta de su hijo… Es Dios mismo. No es un descubrimiento, pero fijar nuestro entendimiento en Él, en su bondad, nos emociona. Sí, es la figura arrolladora de esta parábola. Hoy nos hemos callado ante su imponente presencia. Un poquito de silencio que envuelve el Sumo Bien.

Para cambiar un poco, podríamos revisar cómo tratamos a nuestros hermanos de sangre y de fe, como gastamos nuestro dinero, como superamos la envidia que sentimos a veces de nuestros amigos o familiares, cómo amamos a nuestros padres.

Por último: dejémonos amar por Dios. Este sentido de ser amados nos dará la fuerza para vivir.

Caminantes

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