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Pablo y Bernabé anuncian la Palabra de Dios: van en pareja, para apoyarse entre ellos en la tarea ardua de evangelizar. Encuentran oídos atentos solo al principio. Por eso el Señor les pide a sus apóstoles que dejen a los de la sinagoga, aferrados a sus costumbres, que se dediquen a ser luz los gentiles, para llevarles la salvación. Esta tarea la encomienda Jesucristo a todos y cada uno de nosotros: El Señor nos llama para ser su rebaño, y a algunos también para continuar la labor del Buen Pastor. Hoy como entonces, el Señor llama a nuevos “Pablos y Bernabés “para ayudarnos y facilitarnos el encuentro con Él.

¿Qué características tiene el Buen Pastor? Es quien habla y se dirige a sus ovejas, que deberíamos ser nosotros. Es quien nos conoce íntimamente y quien nos asocia a Él, no permite que nos arrebaten si estamos en su rebaño.

Nosotros también tenemos la misión de ser luz para los gentiles: los más ancianos con sus hijos y nietos, los matrimonios con sus hijos y familia, los hijos con sus padres y hermanos, los solteros, los novios, los viudos y viudas, separados… todos y cada uno de los cristianos tenemos que ser luz. Tenemos que trasparentar a Dios con nuestra vida. Compartir nuestro tesoro que es Jesús.

Este domingo, como muchas veces en la Escritura, se eligen lecturas aparentemente paradójicas: por un lado el Pastor y por otro lado, el Cordero, inocente, limpio, manso, entregado, que ha sido el precio del rescate nuestro. Y los dos son la misma persona: Jesucristo, el Hermano, el Hijo, el amigo, el Señor. Y es el Cordero quien nos dará fuerza para soportar la gran tribulación, quien enjugará nuestras lágrimas. ¡En Ti confiamos Señor!

Pidamos por las vocaciones, para que el Señor cuide de nuestros pastores y siga llamando para seguir su camino en el sacerdocio, en la vida consagrada. Vamos a meditar estas semanas si cuidamos a nuestros pastores, si los tratamos con desdén o somos latosos, insistentes o inoportunos

 

Caminantes.

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