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Esta semana estábamos un poco desconcertadas con Abran: tanta sangre… y él mismo lleno de miedo y pesadillas. Porque en un momento determinado hay una niebla que todo lo envuelve, donde se encuentra Dios. Abran no puede gozar de la presencia del Altísimo, solo intuir su poder. Y es en esta situación cuando se propone una alianza, cuyo sello son los animales muertos.

¿Qué sentido tiene esto para nosotros? Ninguno si no meditamos el Evangelio. Nos fijamos en que los apóstoles y Jesús suben a un monte y se ponen a orar. La oración no es una hora de relajación. Hay un camino esforzado, que se hace en compañía de Cristo. Y cuando miramos a lo alto, lejos de las rutinas y los afanes agobiantes del día a día, allí Jesús tiene otro rostro: luminoso, clarificador. Y ¿de qué hablaba entonces? De su Pasión. Es que Él es ahora el sello de la Alianza, una garantía que pone el Padre. Su propio Hijo es la ofrenda de la Nueva Alianza.

Pero los apóstoles estaban somnolientos. Es imposible que en una situación así nos entre sueño. Creemos que realmente estaban atontados. Es así como trascurren muchos días nuestros: cerca del Señor, pero sin entender, sin poder gozar, amodorrados y luego con miedo. Porque no escuchamos. Solo oímos nuestras propias quejas y no ponemos atención a los mensajes que Dios nos manda a diario: el despertar de cada día, la presencia de nuestros seres queridos, el apoyo a los enfermos, la ayuda a los pobres, el acompañamiento de los que están solos, en fin, cientos de gestos de bondad y amor que se producen a diario en el mundo y que son queridos por el Padre.

Hoy las lecturas nos recuerdan que tenemos un destino más grande que nuestro pequeño entorno: estamos llamados al Cielo, a ser santos, a gozar de la presencia de Jesús, a no estar aturdidos en su presencia. Solo tenemos que escucharle: Jesús es el Hijo Amado.

Hoy también se celebra el día del Seminario. ¡Señor no nos dejes sin santos sacerdotes! ¡Apiádate de nosotros!

Caminantes.

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