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El profeta Habacuc se quejaba a gritos por la destrucción, la violencia, las disputas… para muchos sería un agorero. Él miraba a su alrededor y sufría. No se conformaba con la injusticia y le pide una respuesta al Señor que le contesta: el justo, por su fe, vivirá.

San Pablo está sometido a la prisión, a la injusticia y mantiene la Fe en Cristo y en su Palabra, está alegre por sufrir por la causa del Señor. Nos pide: revive el don del Dios que hay en ti.

Por este motivo el Evangelio es esclarecedor: lo que necesitamos, entre otras cosas, es FE. Una fe que los apóstoles piden a Jesús. La de Habacuc para clamar a Dios. La de Pablo, para sufrir la prisión. La de los siervos, que se ponen a disposición del Señor.

¿Qué es la fe? Es un don de Dios que necesita encontrar un corazón que la acepte y la haga crecer. ¿Recordamos la última vez que hemos pedido fe al Señor? Tal vez en una situación de angustia, una enfermedad, cuando ya no podemos hacer nada por nuestros medios. ¿Hemos pedido la fe cuando vemos situaciones anormales en la Iglesia, fruto del pecado? ¿Hemos pedido la fe cuando nos rodea un mundo opuesto al Reino de Dios, incluso en nuestra propia familia?

Hay una segunda parte en el Evangelio. Una enseñanza de humildad. Nosotros somos siervos, hemos tenido un maestro que nos enseñó a estar disponibles porque él mismo vino a nosotros para servir y no a ser servido. No nos pide ser asalariados y recibir una paga. Solo le podemos responder con la entrega completa, sin pedir reconocimiento. 

A veces en la parroquia nos piden colaboración, con dinero o con nuestras manos y tiempo, o con oración. Y cuando ya hemos hecho algo, queda más por hacer… pero es que somos sirvientes. Eso sí, de el más grande Señor. ¿Hemos pensado en el privilegio que tenemos de echar una mano, aunque sea torpe, en las empresas de nuestro Padre del Cielo? Pero para eso tenemos que pedir fe, aunque sea como un granito de mostaza.

Caminantes

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