Pequeñas pero matonas. Las lecturas de este domingo son así. Comenzamos con San Pablo “Llamados santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo” Nosotros estamos en el grupo de los santos que invocan a Jesucristo. Cuesta decirlo y aún más sentirlo. Nos vemos pequeños, pecadores, limitados y lo que queráis pero por el deseo del Señor, somos suyos. ¿Le invocamos a diario, cuando nos levantamos por la mañana o por la noche al acostarnos? En esta disposición oímos a Isaías. A nosotros nos dice el Señor por boca del profeta: estás llamado a cosas grandes, grandísimas, eternas, estás llamado a llevar la luz de Jesucristo allí donde estés. En tu casa, con tus familiares (a veces lo más difícil), en la comunidad de vecinos, en el trabajo, en el centro escolar donde acompañas a tus hijos o nietos, en los viajes de la tercera edad, en las reuniones de amigos, en el hospital cuando estamos enfermos, en cualquier sitio del mundo, en cualquier tiempo, hasta el confín de la tierra.

Pero esto solo es el aperitivo. Lo mollar de este domingo tiene forma de cordero, del Cordero de Dios, de ese hombre joven de Galilea al que conocía Juan, pero solo de forma superficial. Cuando el Espíritu Santo ilumina al Bautista, entonces reconoce la enormidad de la persona que tiene delante: el Hijo de Dios. No deberíamos cansarnos de pedir al Espíritu del Señor que nos permita reconocerle en todo momento, identificarle entre lo común de la vida y en lo maravilloso, en las situaciones de la vida que “vienen hacia nosotros” muchas veces inesperadas y no siempre favorables aparentemente. Pero en ellas está Jesucristo. 

La imagen del cordero también es trasformadora: es el inocente, humilde, que era sacrificado por el pueblo judío en la Pascua, pero para nosotros, es el Inocente que se entregará por nosotros. Es una imagen tan profética e iluminadora que nos hace callar y orar. Nos animamos a recordar este momento en la Misa. Entonces, orar y contemplar.

Caminantes.

Pin It on Pinterest

Share This