Estamos impresionados este domingo con las lecturas. La primera es de un autor no muy popular, Nehemias. ¿Quién era? ¿Qué circunstancias tendría? Pero la lectura es cosa fina. Reunido el pueblo de Israel, horas y horas, escuchando de pie la Ley, postrándose en el suelo, aclamando y llorando emocionados ante la lectura de la Palabra. No sabemos por qué lloraban, si por tristeza y arrepentimiento, si por emoción ante el terremoto que provoca el Señor cuando nos habla al corazón… Y nos preguntamos ¿cuándo he llorado por última vez al escuchar y sentir viva la Palabra de Dios? ellos sabían lo que era vivir sin el privilegio de estar celebrando al Señor, en la esclavitud. A nosotros nos han regalado el Evangelio de cada día…

En esta celebración comunitaria toma sentido la segunda lectura. Todos somos parte del mismo Cuerpo, de la Iglesia. Aunque a veces seamos un poco pesados, o no nos gusten los gestos de otros, aunque sean opuestos a nuestras ideas…, todos somos Uno. No podemos vivir sin ellos. Celebrar la fe es cosa de comunidad y de unidad

Y al llegar al Evangelio se ha producido el silencio del susto: “algo” sabían de Jesús sus vecinos, de sus milagros y éxitos. Pero tomar el libro de Isaías (este sí que es famoso) y leer lo que leyó y decir que estaba hablando de Él… es, cuando menos, osado. Por la claridad pasmosa, por la ausencia de convencionalismos, por el llamamiento a la liberación, a la curación de los más necesitados –que en el fondo somos todos- Es un programa de vida y de acción. El Espíritu tiene mucho “peligro”, santo peligro, porque descoloca todas nuestras componendas. Nosotros también hemos sido ungidos en el Bautismo y en la Confirmación, hemos recibido el Espíritu Santo. Ya sabemos a Quién seguir. Y también lo que hay que hacer: anunciar con verdad y honestidad de vida al Señor, la liberación y la esperanza que Él trae.

Caminantes

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