En este domingo de la Sagrada Familia. Hagamos una reflexión sobre las nuestras. Sabemos que han cambiado, pero siempre estamos llamados a ser familias santas, iglesias domésticas. “¿Cómo será eso, Señor?”, utilizando las palabras de la Virgen María. ¿Cómo dar testimonio de nuestra fe en el hogar?

Las lecturas nos dan luz. En primer lugar, los padres. Curiosamente, en nuestra sociedad son los hijos los que hacen girar todo a su alrededor. Primero los cuidados, los colegios, las amistades, los estudios y profesiones, los noviazgos… Y sin embargo dice el Eclesiástico que el Señor honra más al padre que a los hijos y afirma el derecho de la madre. Porque son los padres reflejos pobres de Dios: amor, cariño, corrección, apoyo. ¿Los que somos padres, hemos dado gracias a Dios por este don inmenso? De los hijos no nos hablan más que de su deber de honrar y amar a sus padres. San Pablo, al respecto de ellos nos dice que no deben ser exasperados por sus padres. ¡Cuánto se proyecta en los hijos de lo que queremos! Sus estudios, sus logros, ¡cuánto presumimos de lo que en realidad no es nuestro, sino de Dios!

En segundo lugar, el matrimonio: La segunda lectura siempre es objeto de debate. Sumisión es una palabra tabú. Y aquí tiene el sentido de poner al otro en primer lugar. Se puede aplicar a hombres y mujeres en el matrimonio ¿de verdad tu marido o tu esposa son lo primero en tu vida, y tú mismo lo secundario? ¿Esto es lo que se plantean las parejas cuando deciden el matrimonio?

Por último: La vida de la fe. San José es un hombre soñador. Confía en Dios y en sus ángeles hasta extremos inauditos, porque ahora emprende una migración con su familia, hacia lo desconocido. Para proteger a María y a Jesús, que son su mayor tesoro. ¿Son ellos nuestro tesoro más preciado?

Esas son las claves de la familia cristiana entonces y ahora: Padres centrados, matrimonios en clave de entrega y fe ardiente, hasta en los sueños.

Caminantes.

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