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Y no es que estuvieran engañados, o que Dios mismo no les advirtiera. A Jeremías le dicen con claridad que va a tener la oposición de pequeños, grandes y medianos. A Jesús a punto están de despeñarle. Hay una primera lección: estar con Jesucristo no es un camino de comodidad. Sus palabras ponen en evidencia las debilidades y miserias de nuestro corazón, como el de sus vecinos y conocidos de Nazaret. Pensamos que somos especiales, mejores, que estamos por encima de otros, o que esos otros no tienen nuestros derechos. A veces no lo decimos con palabras, pero si la Verdad se manifiesta y nos cuestionan ventajas o privilegios, rugimos como leones enfadados y despeñaríamos a la misma Verdad. Pensamos en emigrantes y pobres.

¡Pobre Jeremías! No le dan opción a tener miedo a la misión. Nos preguntamos nosotros ¿por qué esta tarea tan dura? ¿Por qué Jesús se expone tanto? La contestación la da San Pablo de forma indirecta: por AMOR y sin él ni los milagros ni las profecías son nada. El Dios de Israel quiere proteger y mantener la Alianza con su pueblo, y en Jesús quiere ofrecernos todo su ser.

Es un amor incondicional, eterno, perfecto. Un amor que no tiene en cuenta nuestros desplantes y agravios. No está sujeto a ciertos egoísmos y expectativas que hay en el amor entre padres e hijos. Un amor que es tan grande que realmente se derrama.

Cada uno de nosotros ha elegido a un personaje de este domingo con el que nos identificamos. Alguien desearía ser como Jeremías, en el sentido de ponerse en las manos de Dios, de su voluntad, sin miedo, pese a todo y todos. Otros se ven a sí mismos empujando a Jesús hacia el precipicio, otros emocionados por la proclamación de San Pablo. Otros, impactados por la presencia y la autoridad de Jesús y siendo testigos del lío que se originó, pero intentando que no le hagan daño, aunque no seamos muy valientes para dar la cara.

Tenemos una semana para pensar, sentir y amar

Caminantes.

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