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Este domingo nos hemos inquietado. Ya el profeta Amós destaca la gravedad de la injusticia social. No es algo que pase desapercibido al Señor y es algo de lo que somos, en alguna medida, responsables. ¿No conocemos a nadie que está pasando estrecheces económicas… que tienen dificultades para llegar a fin de mes, o para alquilar una casa? ¿Nadie conoce a gente en el paro, o personas con trabajos agotadores, con sueldos mínimos y horarios excesivos? ¡Pues qué suerte o qué ciegos estamos! Mantener y colaborar con estas situaciones es un pecado y grave. Necesita ser reconocido como tal, para poder arrepentirnos, pedir perdón y reparar, en lo posible, el daño causado.

La mayor parte de nosotros no somos ricos, o grandes empresarios, pero puede que tengamos una persona trabajando en nuestra casa, a la que no pagamos bien, o tratamos con desdén. Igual preferimos pagar “en negro” las obras o servicios, para evitar los impuestos. La sagacidad del administrador del Evangelio tiene que ver con ayudar a los pobres, quienes van a ser valedores nuestros ante el Padre, porque los pobres son los preferidos de Dios. Buenos abogados, sí. Esa es la astucia que Jesús admira, no la de ser unos ladrones o unos defraudadores.

Nos ha llamado la atención la cantidad adeudada en la parábola; parece mucho, casi impagable, cercana a la usura. ¿No tenemos una respuesta católica a este vivir desenfrenado, a este endeudarse, a esta voracidad por la riqueza y la ganancia?

“Poderoso caballero es don dinero” decía Quevedo. Y vaya que sí lo es. San Francisco se “casó” con la Pobreza, porque atisbó con qué facilidad el dinero aparta de Dios. Entre otras muchas cosas, porque nos da una sensación de falsa seguridad, de poder, de autosuficiencia y hace que depositemos nuestra confianza en tener un “buen colchón”, para los momentos de apuro. ¡Pero la confianza solo se puede poner en Dios!

Para esta semana que entra nos ponemos deberes: mirar alrededor, detectar la injusticia e intentar ayudar a quien la sufre. Ya es bastante.

Caminantes

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