Jesús comenzó a predicar entre los gentiles diciendo: “Convertíos, porque está cerca el Reino” El primer llamado es a la conversión, antes de hacer o planificar cosas. ¿Tenemos algo de lo que convertirnos?.Hoy también dice lo mismo, si lo queremos escuchar. Si no estamos ciegos y sordos, solo preocupados por lo nuestro.

Y sigue diciendo: “Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres”, y nos pide que dejemos nuestras redes (parece que hablara de internet o del móvil), nuestros asuntos: todo su interés es que salgamos de las tinieblas del pecado, del egoísmo, de la muerte espiritual, para llevarnos a la luz grande de su amor. Cada uno de nosotros es invitado a ser pescador de hombres y mujeres, no solo los frailes y las monjas. ¿Qué quieres que hagamos, Señor?

Comentamos qué pensaría Zebedeo cuándo sus dos hijos se fueron con Jesús. Dejaron las redes y le dejaron el negocio empantanado. Pensaría en el problema que se le venía encima por una “locura” de sus hijos; o notaría la alegría y la luz de la conversión en sus hijos, quizás las dos cosas.

Hoy Jesús también quiere recorrer nuestras calles enseñando a quien quiere aprender, proclamando el Evangelio del Reino a quien espera conversión, y curando toda enfermedad y toda dolencia. Para ello necesita nuestro testimonio, nuestra disponibilidad como la de los pescadores de Galilea.

La lectura de san Pablo nos recuerda que estamos en la semana de la unidad de los cristianos. Pensemos en la división de los cristianos en distintas iglesias y pensemos en la división de los católicos. A veces marcamos tanto las distancias entre grupos, órdenes religiosas, incluso en nuestra misma parroquia. ¿Queremos recibir esa luz grande y llevarla a nuestros hermanos? ¿Es nuestro primer pensamiento ser servidores o ponemos primero nuestro “yo”, nuestros gustos, nuestros intereses?

Pidamos al Señor especialmente por la unidad, por los sacerdotes, que dijeron “aquí estoy”, por nuestra conversión.

 Caminantes.

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