El peso del estigma

feb 10, 2018 por

Delante de una imagen de la Virgen María hemos leído estas lecturas. Lo decimos porque es el día también de­dicado a los enfermos. Los leprosos de antes producían miedo y repulsión a la vez: en su cara llevaban la deformación horrorosa de la enfermedad; en sus mu­ñones, la invalidez. Leyendo el libro del Levítico, es imposible no sentir pena honda por la vida de todos esos seres humanos, los de antes y los de ahora, prácticamente desposeídos de su con­dición de personas.

 

El caso es que Jesús de Nazaret se deja alcanzar por alguien que debería haber gri­tado su impureza y advertido su presencia “Si quieres…” ¡Cómo no va a querer! ¡Si su misión era enseñar el Evangelio y sanar! Pero hay algo estremecedor en el relato: solo nos cuenta la historia de un leproso ¿es que no hay más gente necesitada de ser limpiada y tocada por el Señor? ¿Aca­so no lo necesitamos nosotros? Es difícil caer de rodillas ante el Señor y reconocer nuestra deformación e impureza, nuestro mal. Pero luego, una vez tocados por su mano… el gozo, la liberación. Algo que no podemos callar ni ocultar.

 

Todos somos en algún momento lepro­sos. Es cierto que no somos capaces de comprender por completo el grado de dolor y marginación de los leprosos del siglo XXI: drogadictos, sin techo, vagabundos alco­holizados y malolientes, minorías raciales, delincuentes, enfermos mentales, es decir los que nos producen miedo y repulsión. Pero estamos llamados a imitar a nuestro Señor, como dice San Pablo en la segunda lectura ¡Acerquémonos! La mayor parte de las veces no vamos a poder por nuestra cuenta. Pero seguro que el Defensor nos va a ayudar, por sí mismo o por su mano derecha, María Santísima (de Lourdes y del Rosario…)

 

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