Sin duda que la fiesta del Bautismo del Señor se encuadra en el tiempo de la Epifanía, por ser un relato en el que se nos manifiesta la identidad de Aquel que, esperando en la fila de los pecadores para recibir el bautismo de Juan, sin embargo es, en verdad, el Hijo amado de Dios: “Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: -«Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto».” Ya desde antiguo, según el profeta Isaías, se anunció la presencia del Mesías: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero”.

En ambos textos, destacan la predilección y el amor de Dios por quien aparece como Siervo suyo, Cordero de Dios, Hijo amado. Esta distinción señala sin duda, a quien de manera exclusiva nos revela la identidad divina, -“Jesucristo es la manifestación del rostro misericordioso de Dios”-. Sin embargo por pura gracia, el ser humano recibe en el Hijo amado, la dignidad de ser también, en Él, amado de Dios.

El bautismo es el sacramento que nos introduce en la corriente del amor de Dios. Gracias al bautismo, somos hijos de Dios, por adopción, y no es pretencioso sentirnos amados por Él.

Cuando uno siente que le ama otra persona, se mueve a reciprocidad. Quizá hemos reducido el bautismo a un rito, más que a una acogida del ofrecimiento que nos hace Jesucristo de unirnos a Él, de hacernos miembros de su familia, y así poder invocar a Dios como Él lo hizo: “Padre”, entrar en comunión con los méritos de todos los santos, convertirnos en piedras vivas de la Iglesia, poder celebrar la certeza de estar habitados por el Espíritu divino, y de alimentarnos con el Pan de la Eucaristía y la Copa de Salvación.

Ángel de Buenafuente.

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