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Es inevitable hoy referirnos a Zaqueo, al sicomoro y a Jesús y a la casa de Zaqueo. Un hombre pequeño (como todos nosotros), quiere conocer a Jesús. Las cosas del día a día, el trabajo, las preocupaciones, las limitaciones, todo ello nos impide conocer profundamente a Jesús. Sabemos que algo dice, que algo predica, pero de lejos. Pero Dios Padre ha creado múltiples formas y criaturas que nos ayudan, que nos elevan sobre nuestra vida más o menos humilde. El sicomoro es aquí el reflejo del agarradero, de la escala que trepa Zaqueo. ¿Hemos descubierto estas escaleras en nuestra vida?

Y desde ahí, el publicano pequeño y algo ladrón ve a Jesús. Pero realmente es visto por Jesús. Si ante el nombre de Jesús toda rodilla se dobla, ante su mirada…Zaqueo queda tocado para siempre. ¿Pero somos capaces de comprender que esto es lo que Jesús hace todos los días con cada uno de nosotros? Nos llama por nuestro nombre propio. Y si no nos caemos es porque no estamos subidos a ese árbol, es que no le estamos escuchando, no tenemos interés en oírle. Tenemos que pensar cuánto tiempo hace que no nos hemos parado a oír lo que tiene para nosotros.

Sigue la historia: “Zaqueo, baja, porque hoy tengo que alojarme en tu casa” Ahora que estaba viendo al Señor, tiene que bajar. ¿A dónde Señor? ¿Otra vez al suelo, a la prosa cotidiana? Sí. Porque en nuestra casa, es decir en nuestro corazón, en nuestra intimidad, en nuestro refugio, ahí tiene que estar Jesús. Ese núcleo donde están nuestras cosas buenas y las no tan buenas, tiene que ser visitado por Jesús. Y no solo visitado, es que se quiere quedar ahí…y ¡Ojo, Zaqueo se llena de alegría!

Esto es muy problemático. El publicano estafador, al contacto con Jesús se trasforma, diríamos que crece: no solo va a devolver lo robado, es que va a compensar por cuatro… es una evidencia: el contacto con Jesús, nos cambia. ¿Estamos dispuestos a este ciclón vital, que nos va a sacar de nuestros quicios, de nuestro entorno seguro?

Caminantes

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