El pasaje de Samuel  nos hace pensar en la dirección de la mirada de Dios. No hacia lo superficial, sino hacia el corazón.

También el Evangelio va de miradas: el ciego de nacimiento no puede ver. Jesús, como Dios en la creación, toma barro y con su saliva (en el Génesis es con el aliento) da nacimiento a un hombre nuevo, que ve, que mira, pero sobretodo, un hombre que adora postrado a su salvador.

Ante este hecho tan abrumador, las respuestas están divididas: Gran parte de la vida de Jesús fue un signo de contradicción en su momento y ahora incluso más. Unos fariseos lo ven como un falsario que no guarda el sábado, otros no se conforman y no entienden como un pecador puede hace esos signos de salvación.

Y es que la lectura de San Pablo da luz esta vez: la bondad, la justicia y la verdad son frutos de la Luz. Si no estamos con Cristo, que es la luz, nos vemos abocados a lo secreto, a lo oscuro, a las obras estériles, a los pensamientos desconfiados y rígidos.

En estos días complicados, en que sentimos nuestra fragilidad, se nos han ido de un plumazo los aires de soberbia y autosuficiencia, y nos suenan cercanas las palabras del ciego del Evangelio cuando dice “Jesús hijo de David, ten compasión de mi”, querríamos bañarnos en la piscina de Siloé, porque somos pecadores y no es suficiente con lavarnos las manos. Tenemos que darnos cuenta de que estamos ciegos al amor, a la caridad, para que Él haga que los ciegos veamos.

Queremos pedir especialmente por los que están viviendo su enfermedad casi solos, por las familias, por los que los están cuidando con cariño, para que todos tengan fuerza y la compañía de Jesús misericordioso.

Ánimo a todos.

Caminantes.

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