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Las desgracias de esta vida no son producto de los pecados o de la falta de amor de Dios. Jesús no nos devela porqué nos pasan cosas aparentemente malas. Lo que nos dice es que todos, los afortunados y los que no lo son, estamos llamados a la conversión, y si no, todos pereceremos. Pero queda claro que los infortunios pertenecen también al camino de la vida de un cristiano. La fe que se entiende como “éxito seguro”, fin de problemas, es más un montaje que confianza en Dios.

Nos hemos sentido como la higuera que no da fruto tres años o muchos más y hemos percibido como el Señor no nos da por perdidos, nos cava alrededor, nos abona con su amor, con la esperanza de que demos fruto más adelante. La paciencia del Señor con nosotros es realmente inmensa. Pero no pongamos trabas a sus manos; no nos confiemos en nosotros mismos, no dejemos pasar el tiempo distraídos, entregados a otros ídolos, bebiendo en fuentes muertas, sin poner a Jesús y su fuente de agua viva en el centro de nuestra vida. Nos dice San Pablo que el que se crea seguro, que se cuide de no caer. Dejémonos labrar por el Señor y de vez en cuando le pedimos que nos pode esas ramas que están secas y no producen nada.

El libro del Éxodo nos cuenta como el Señor no es indiferente y se compadece de su Pueblo; llama a Moisés y lo envía porque ha visto el dolor de su Pueblo. Ante el sufrimiento, Dios Padre oye nuestros lamentos. La respuesta de Moisés “aquí estoy” nos enseña la mejor manera de relacionarnos con el Señor, sin condiciones, entregados, pero no de forma ciega. Moisés pregunta a Dios mismo cuál es su nombre. Ya se muestra dispuesto a ir, pero es como si le dijera al Señor “quiero conocerte más”.

¿Queremos de verdad conocer a Dios, su paciencia, su compasión, su liberación? ¡Qué plan de Cuaresma tan bello!

Caminantes.

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