Es una ley simple y antigua y a la vez profunda y eterna. Es una ley de Amor y de Justicia. Inscrita en el corazón de los hombres.

Muchos mensajes a la luz de las lecturas de este domingo. Hay un llamado a la libertad: podemos elegir la vida o la muerte. Como Eva, podemos elegir el camino del bien o del mal. Por supuesto que Dios conoce nuestro corazón, nos mira y aun así nos deja obrar. Es muy grande la libertad. Tras el amor, la motivación más importante que tenemos. Pero ¿cómo orientamos nuestra libertad? San Pablo nos da una clave: la Sabiduría de Dios: misteriosa, escondida, pero nos las va revelando por medio del Espíritu Santo.

Nos situamos ante las grandes tentaciones y dificultades de la vida: el resentimiento por el mal que nos hacen, la ira que nos provocan algunas personas, los conflictos familiares muchas veces por herencias. Las discordias y la infidelidad en el matrimonio, dos clásicos. La falsedad de nuestras palabras, el doble juego. El usar el nombre de Dios y de la fe como una mercancía, para nuestro interés más humano y egoísta. Esta enumeración es la que hace Jesús (y se le quedan hoy en el tintero más) que nos van recordando los Mandamientos de la Ley de Dios, los que nos aprendimos hace tiempo y que siguen siendo válidos. Pero este listado adquiere otro aspecto cuando Jesucristo lo explica, por eso El mismo dice que los va a dar plenitud. ¿Cómo? Con un sentido profundo de la Justicia, un sentido impregnado de Amor, un sentido inspirado por el Espíritu Santo: no es la retribución por “igual” sino engrandecido por la entrega, la fidelidad, la compasión, el perder para ganar.

Esta ley de amor está también inscrita en nuestro corazón de creyentes, con la fuerza del Espíritu, seguro que el Bautismo nos deja esta marca, y los otros sacramentos nos van modelando. La oración, y por supuesto la caridad son los otros elementos que van dando forma a la nueva ley.

¡Dios nuestro, marca nuestra libertad con tu Sabiduría, con tu Amor!

Caminantes.

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