Seleccionar página

Hemos sentido en las lecturas la asimetría de la relación del hombre con Dios, en estos tres grandes hombres. Isaías (“Yo, hombre de labios impuros”); Pablo (“como a un aborto, se me apareció también a mí”); Pedro (“apártate de mí, que soy un hombre pecador”) La presencia de Dios en la vida produce una emoción especial, que es un don del Espíritu Santo: el temor de Dios, que no es tanto miedo como respeto, admiración y sumisión hacia Dios y su voluntad.

Dios no elige a los perfectos, ni a los mejores, a los exitosos; solo pide nuestra confianza para seguir su palabra y que “echemos las redes”. Con frecuencia no entendemos su encargo o contraría nuestros planes. Y aun así, tenemos que confesar de corazón: “soy el menor de tus apóstoles, pero por la Gracia de Dios soy lo que soy” y “aquí estoy, mándame”.

Pedimos al Señor que nos de la capacidad de escucharle, y que sintamos que lo que nos pide es para lo mejor para nosotros. Su voluntad es nuestro bien, no algo caprichoso. El Señor nos llama para ir hacia los demás. Le pedimos también que veamos clara nuestra misión y la aceptemos decididos, que no nos dejemos vencer por el miedo ni tampoco por la comodidad.

Hay una imagen en el Evangelio que hemos visto hoy de otra forma: la llamada a ser pescadores de hombres. En las redes de Jesús se recogen seres humanos. Personas ahogadas por la enfermedad, la soledad, la discriminación, en fin, hombres y mujeres sumergidos en un mar de dolor y sufrimiento y de repente…, una red santa te saca al aire y respiras con una bocanada de esperanza, de fe, de confianza. Esa es la labor de los “pescadores de hombres”, la de todos los cristianos, dar aire limpio a la humanidad que se ahoga. ¡En el nombre de Jesucristo, respiremos el Bien, la Verdad, la Belleza de Dios!

Aunque sintamos un estremecimiento interior, es tan bonito, tan lleno de vida este mensaje que queremos seguirte nosotros también Jesús, como los pescadores de entonces…

Caminantes.

Pin It on Pinterest

Share This